Archivo mensual: enero 2012

Has atentado contra una autoridad y se te va a aplicar la ley antiterrorista (El Cabrero 1980)

Andaluza de Piritas [i], que explota el yacimiento situado en las mismas paredes de Aznalcóllar, aprovecha el cauce natural del río Cañaveroso, o río Agrio, que nace en los montes de las minas del Castillo de las Guardas, y construye un canal para evacuar las aguas de su planta de lavado del mineral. El canal corta el cordel de Escacena y Niebla que discurre de oeste a este y ha sido siempre paso de ganado. Una vía pecuaria más usurpada, en este caso, por Andaluza de Piritas.

Veintitrés de mayo, pocos días después de recoger los premios nacionales en Córdoba, José de nuevo en sus quehaceres de pastor. Casi al atardecer me avisan de que está detenido en el cuartel de la guardia civil por “Atentado contra la autoridad”.

Sórdido el cuartel, muy exaltados y nerviosos los guardias y José cabizbajo y visiblemente preocupado: “¿Te acuerdas de las amenazas de Lucas? [ii] Esta tarde intentaba pasar las cabras bordeando el canal que ha hecho la mina – si paso por allí las cabras se despeñan… De repente, se presentó Lucas y me dijo que me fuera de allí. Le recordé, de buenas maneras, que aquello era una vía pecuaria y que la Mina tenía que haber hecho un puente sobre el canal porque, el paso del ganao, no se puede cortar… me insultó y lo insulté y, cuando me di cuenta, había sacado un peine de munición pa cargar el arma. Pegué un salto y de dos tirones le arrebaté el arma y el peine de munición. No lo toqué más, no le pegué; dejé las cabras con “El Portugués” [iii] y en autostop me vine al cuartel a entregar el arma y a denunciar a Lucas”.

Pero la guardia civil aún no le había tomado declaración porque, simultáneamente a su llegada al cuartel, recibían una llamada de Andaluza de Piritas pidiéndoles que no lo hicieran hasta que no se personara allí el guarda jurado con un abogado de la empresa… y ellos sí prestaron declaración. De esta manera José pasó de denunciante a acusado. Se lo reproché al comandante de puesto: “Este hombre vino a denunciar a Lucas por intento de homicidio; Ustedes tienen constancia de que ya lo ha amenazado con pegarle un tiro y su obligación era tomarle declaración cuando llegó y tramitar la denuncia de José, no esperar a que llegara el abogado de la Mina…” No me dejó ni terminar: “Este individuo es un delincuente, un terrorista y se va a pudrir en la cárcel y, o se calla, o la metemos a usted también pa dentro” A mí me faltaban sólo tres semanas para dar a luz a nuestro tercer hijo, Emiliano, y José me lo recordó: “Estos son capaces de todo Elena y no te quiero ver en un calabozo con esa barriga; cállate la boca”

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Con con sus hijos Amanda y Emiliano, en el campo de Aznalcóllar

El dictador llevaba ya casi cinco años muerto pero en el cuartel de la guardia civil de Aznalcóllar no se habían enterado: ya habían cumplido con Andaluza de Piritas y ahora insistían en tomarle declaración a José sobre la marcha, porque estaba anocheciendo: “Ustedes han esperado a que viniera Lucas con el abogado de la empresa y José no presta declaración así, de esta manera: pidan un abogado de oficio”.

El sargento hizo una llamada de teléfono de la que deduje que estaba pidiendo instrucciones a “algún superior” y luego un guardia solicitó un abogado para “un individuo que acababa de atentar contra la autoridad”. Lo que siguió fue una espera de más de dos horas en aquel semiderruido cuartel, aguantando todo tipo de amenazas, insultos, terribles vaticinios sobre nuestro futuro… y un desprecio cerril hacia los derechos recogidos en esa Constitución recién estrenada.

“Se te van a quitar las ganas de meterte en los sembrados… No te salva ni la caridad… Esta vez sí que te has metido en un buen lio… Ya estás listo… Se te acabaron las batallitas por las Vías Pecuarias… Has atentado contra una autoridad y se te va a aplicar la ley antiterrorista”. Esto es lo más alentador que salió por la boca de aquellos “beneméritos” mientras aguardábamos al abogado de oficio. A las diez de la noche pudo prestar declaración ante un letrado que no sabía nada de vías pecuarias y que se fue, apresurado, sin decirnos qué iba a pasar con José.

Lo llevaron a la cárcel de Sevilla escoltado por dos miembros de la policía municipal con un mandato del juez “de paz” de Aznalcóllar. En Ranilla [iv] lo rechazaron: ¿Quién era el juez de paz de Aznalcóllar para enviar a nadie a la cárcel? “Nos metimos de nuevo en el coche y me preguntó el Mérida [v]¿Ahora qué hacemos? Yo estaba esmallao… ¿por qué no íbamos a tomar un gazpacho mientras pensaban lo que iban a hacer conmigo? Desde la tasca llamaron al cuartel y después de cenar me llevaron al juzgado de Sevilla. Nunca pensé que me iban a mandar a la cárcel, porque yo no había hecho nada, pero el juez me tuvo toda noche en el calabozo y al día siguiente me esposaron y me metieron preso”. A los tres días salió en libertad provisional imputado por desacato y agresión a la autoridad (La petición fiscal fue de cuatro años, cuatro meses y un día de prisión).

Paco Millán y Pepe Guzmán [vi], que habían conseguido pasar toda la madrugada con José, publicaban, a la mañana siguiente, amplios artículos sobre lo acontecido; el de Guzmán, en El Correo de Andalucía, remataba: “… El Cabrero era conducido a la cárcel sin haber hablado con su señoría, ni siquiera haberle visto. Ni a él ni al secretario ni a oficial alguno. Sevilla tiene medio millón de habitantes.”

Pepe Aguilar[vii], días más tarde, en contraportada de El País: “El Cabrero triunfa como cantaor y tiene problemas como pastor”[viii]Un buen número de periodistas se ocuparon del tema y, pese a lo angustioso de la situación para nuestra familia, nos vimos recompensados porque todos abordaban, por primera vez, la problemática de las Vías Pecuarias con bastante interés.

Todos menos Agustín Gómez de cuya inteligencia, rigor y buena fe deja constancia un artículo publicado en el Diario de Córdoba: “El Cabrero siempre ha sabido generar noticias en los momentos más oportunos… Otro oportunismo fue cuando, al día siguiente de la entrega de sus dos premios nacionales en Córdoba, se peleaba con un guarda jurado porque no le dejaba pasar con sus cabras … cinco horas más tarde de recoger sus premios en Córdoba, estaba con sus cabras en Aznalcóllar arrebatándole el arma al guarda jurado… Y es que esa inteligencia de saber generar noticias se tiene o no se tiene…” Se me ocurren mil cosas, pero lo voy a dejar sin comentarios.

Tras este suceso, Carrasco escribiría un fandango de esos autobiográficos tan queridos por los cabreristas: “Sin matar ni haber robao, en la cárcel me vi un día, porque un guarda jurao, me quiso quitar la vida, cuando iba con mi ganao”


[i]Empresa que explotaba el yacimiento de pirita antes de la nefasta Boliden

[ii] Ver en este blog“Tú te crees el más guapo del pueblo pero cualquier día te voy a pegar un tiro” (1979

[iii]Cabrero de la localidad que había juntado su piara con la de José

[iv]Así se conocía a la cárcel de Sevilla

[v]Uno de los policías municipales, amigo de José

[vi]Periodista de El Correo de Andalucía con quien sellaríamos amistad tras este suceso

[vii]Periodista y amigo, entonces en El País y hoy director de opinión del grupo Joly

[viii] Todos los artículos aquí citados se podrán leer íntegramente en una página de este blog que llamaremos Hemeroteca

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de | 26/01/2012 · 10:40

“¡Cómo le iban a dar a El Cabrero, que acababa de llegar al flamenco, el diploma Silverio!” (1980)

En 1980 se grabó “A mí me llaman Cabrero” con la guitarra de Antonio Sousa. José tenía ganas de dar rienda suelta a su afición por el fandango y, muy especialmente, por los de Alosno y Huelva y había encontrado el guitarrista adecuado: “cuando Sousa me hace el toque del Pinche, me parece que voy caminando por esas sierras”. Tan sólo una soleá y una seguiriya lleva este quinto disco, todo lo demás son fandangos con predominio de los de Huelva. Alternando con las de Carrasco, una buena ristra de letras “de la casa”, con mucho paisaje: Labrador de tierras altas, Me sorprendió la tormenta, Al llegar la primavera, En la soledad del monte…

EN LA SOLEDAD DEL MONTE (DEL DISCO A MÍ ME LLAMAN CABRERO)

No estaba José muy convencido de hacer el fandango de Calaña, de estrofas cortas y bailable, le parecía algo folclórico; no era el tipo de cante que le iba pero Sousa insistía: “Ese fandango no lo ha grabado nadie, sólo lo cantan allí en el pueblo y lo conoce mu poca gente; si lo grabas tú se hace popular”. A fuerza de cantarlo, le encontró su puntillo flamenco. Lo grabó y tuvo el éxito que auguraba Sousa: a las pocas semanas de su presentación ya se pinchaba en las escuelas de baile y se cantaba en los tablaos.

Estaba el disco en promoción cuando aceptó la propuesta de Pulpón y se presentó, por tercera vez, al Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba, en mayo de 1980. Yo no estaba por labor; sabía que no le gustaban los concursos, era ya la figura más contratada en los festivales y no entendía ese empecinamiento: “no me gustan los concursos, pero todavía me gusta menos dejar las cosas a medio hacer; ya que lo he empezao voy a ver si lo termino”

Durante las deliberaciones del jurado, Paco Vallecillo y Agustín Gómez se enzarzaron en una discusión que pudo llegar a las manos, según me confesó Paco al día siguiente. Ya le habían otorgado dos premios a El Cabrero; por unanimidad el primero (Soleá) y por mayoría el premio por malagueña. En contra del segundo, algunos puristas encabezados por Agustín Gómez defendiendo que una de las malagueñas era un híbrido… Curioso argumento esgrimido por quienes, años más tarde,  muerto Antonio Mairena y abierta la veda, se pasarían, con el entusiasmo de los conversos, al mal llamado “nuevo flamenco”, a la fusión/confusión.

Sin afán de sumarme, a destiempo, a la discusión sobre la legitimidad de la malagueña interpretada por José, conviene señalar que la mayoría de los estilos flamencos conocidos como personales derivan de otros popularizados por cantaores de generaciones anteriores o coetáneos.

Carátula de “A mi me llaman cabrero”

La discusión entre Paco Vallecillo y Agustín Gómez se agrió aún más cuando pasaron a valorar el cante por seguiriya: “Mira, Elena, anoche lo que más me enfadó es que todos estábamos de acuerdo en que José había cantado aún mejor por seguiriya que por soleá y por malagueña pero una parte del jurado, siempre con Agustín al frente, se negaba a darle también el premio Manuel Torre[i] porque entonces se llevaba también el diploma Silverio*[ii]. “¡Cómo le iban a dar a El Cabrero, que acababa de llegar al flamenco, el diploma Silverio!” Con Agustín Gómez votaron algunos de los que entonces ejercían como críticos y esa votación la perdió Vallecillo… y José.

Él se lo tomó con total indiferencia “Qué más da dos que tres, ha sido por pura cabezoná y ya he cumplío: se acabaron los concursos” Hay que decir que, en toda su carrera, José sólo se presentó a dos concursos: Conil y éste de Córdoba. A Conil lo había llevado Carrasco antes de grabar el primer disco y no ganó premio alguno; se lo llevó un aficionado cuyo nombre no recuerdo porque luego no logró hacer carrera en el cante. Más tarde le propondrían concursar en La Unión y por el Giraldillo, entre otros, y no le interesó porque nunca tuvo ambición o apetencia de premios y por eso, salvo en estas dos ocasiones, no los persiguió.

Muy a mi pesar, el crítico cordobés, Agustín Gómez, tendrá que ser citado en reiteradas ocasiones en este blog y no está de más situar, desde el principio, cuál era su, cuando menos curiosa, relación con El Cabrero. En 1976 nos escribía, a propósito de un recital en Montilla “… yo no tengo intereses personales en esto, si se lo he propuesto a la peña no es por otra cosa que por su calidad artística”. Tras el recital, nueva carta: “Ya sabía yo que en la peña El Lucero apreciarían al Cabrero en lo que vale… no estaba bien de la garganta, pero eso no fue obstáculo para que gustara mucho su cante y, sobre todo…se dijo unos cantes por soleá que nos dejó a todos soñando”. José opinaba otra cosa: “Ya puede escribir ese hombre la bíblia en verso: yo tenía la voz hecha añicos y además,  estoy más verde que un olivo: o se pasan o no llegan”.

Y dije antes “curiosa relación” porque, pocos años más tarde, cuando José era un cantaor más experimentado, lo despachaba así: “… se gana los públicos por su imagen física, y él lo sabe… Dejemos que termine la gente de ver al Cabrero. El ojo quema mucho más que el oído” Hilarante y ofensivo argumento: esos rudos campesinos andaluces, que constituyeron la base del público “cabrerista”, lo que aplaudían era la pinta del Cabrero… no sus cantes (¡!)

¿Qué le había sucedido al señor Gómez entre esa noche en que un inexperimentado y ronco aficionado lo dejó soñando con un cante por soleá y esta “sentensia”, tan burda, del ojo y el oido? Le  habia pasado por encima nada menos que La Transición, con la desaparición de la censura: al principio lo que cantaba José eran letras populares y algunas con mensajes muy sutiles, como las de Quejío, que no herían la muy apostólica, delicada y conservadora sensibilidad del crítico cordobés. Con la libertad de expresión El Cabrero se convertiría,  para la prensa de derechas en general, en un artista irreverente, subversivo y molesto y para el Sr Gómez, además de todo eso, en una obsesión y el objeto de múltiples calumnias, como se verá más adelante.

 


[i] Premio por seguiriya

[ii] Se le entrega al cantaor que haya ganado tres o más premios

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de | 23/01/2012 · 19:28

“Tú te crees el más guapo del pueblo pero cualquier día te voy a pegar un tiro” (1979)

Ya se habían celebrado las primeras elecciones, legalizado el Partido Comunista y refrendado la Constitución pero, en Aznalcóllar, seguían mandando los mismos: los cuatro terratenientes, los dueños de la mina y el cura.

Como dice la copla, habíamos “jecho un carril” de tanto ir y venir de nuestra casa al cuartel. Todos los daños por pastoreo furtivo que se denunciaban en el campo tenían como presunto culpable a José y la cosa pasaba por largos interrogatorios. A él no le afectaba tanto, acostumbrado a tiempos peores, “cuando te pegaban una hostia, antes de preguntar” pero a mí, aquello me producía desasosiego y me acostumbré a acompañarlo. Como no me permitían entrar, me sentaba en una barandilla, dos casas más abajo, hasta que un día salió el sargento, vociferando como un energúmeno, y me echó de allí: “estoy en la calle, en una vía pública, sin molestar a nadie y no sé por qué me tengo que ir”…”¡Porque lo mando yo!”.

José, al haber vivido siempre bajo la dictadura, estaba hecho a aguantar despotismos pero yo, desde niña hasta los 25 años en Ginebra, no me acostumbraba a esos abusos de poder y no me fiaba de aquellos interrogatorios. Le propuse poner las cabras a mi nombre para que, en caso de denuncia, me tuvieran que citar a mí o a los dos.

Y fue proverbial porque, a los pocos días, de nuevo en una vía pecuaria, Lucas, el guarda jurado de la mina, lo amenazó por enésima vez: “Tú te crees el más guapo del pueblo pero cualquier día te voy a pegar un tiro”. José no le dio importancia pero yo sí: si te amenaza uno que lleva un mosquetón en bandolera, hasta para tomar café, por lo menos hay que tomar precauciones. Entregué un escrito en el cuartel de la guardia civil, como propietaria del ganado, pidiéndoles que me sellaran la copia. Y acerté: meses más tarde, el tal Lucas estuvo a punto de cumplir su amenaza y el documento nos sirvió como prueba, ante la Audiencia de Sevilla, en un proceso con petición fiscal de más de cuatro años de prisión por “atentado contra la autoridad”.

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En tal ambiente grabó “A paso lento”, con la guitarra de Pedro Bacán, y se enfrentó ese verano a una media de cuatro festivales por semana. No conozco carrera de cantaor más fulgurante que la suya: llevaba un par de años haciendo festivales y ese verano era ya el cantaor más solicitado en ese circuito. Y casi siempre lo ponían para cerrar; inexplicable, si se tiene en cuenta la nómina de figuras de aquellos años. “A mí no me importa esperar así los escucho a tos y me sirve de inspiración”

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Con Enrique de Melchor, en este caso, guitarrista “de turno”

Hasta ese año lo había acompañado el “guitarrista de turno”, figura creada por Pulpón para los festivales: en función de los cantaores en cartel, contrataba uno o varios guitarristas “de turno” y allí, sobre la marcha, se emparejaban. Arrebujos imposibles muchas veces y grandes discusiones en los camerinos, como es de comprender. Que yo recuerde, tan sólo Fosforito, a quien acompañaba Juan Habichuela, y Camarón, primero con Paco de Lucia y luego con un jovencísimo Tomatito, llevaban su guitarrista.

José venía quejándose de esa situación y, con una temporada de casi cien festivales contratados, podía exigir un guitarrista fijo pero no tenía muy claro por quién decidirse. Hasta que, en Rociana, montaron un mano a mano con Paco Toronjo y allí conoció a Antonio Sousa.

Me había comentado varias veces que echaba de menos un guitarrista que hiciera los toques de Huelva. “Ni los mejores saben tocar por ahí… ¡Y mira que es sencillo!” En Sousa encontró la horma de su zapato: especialista en los toques del Alosno y de Huelva, tocaba muy bien por soleá, seguiriya, malagueña… Gran aficionado y conocedor de los cantes de su tierra, con él profundizó José en esos estilos como ningún otro cantaor, no nacido en Huelva, había hecho… Se hicieron famosos esos “potajes por fandangos”, que solían hacer al final de los conciertos, y donde Sousa le hacía los coros en el Cané y el del Alba.

SALUDA DE FRENTE

Con Antonio Sousa, su guitarrista “de cabecera”

La relación profesional duró seis años pero Antonio sigue siendo, para nosotros, un hermano. Integridad, generosidad, sentido del humor, pasión por el flamenco… y una sensibilidad de tal magnitud que fue la culpable de su prematuro abandono de la profesión, cuando era el guitarrista flamenco que más galas tenía contratadas.

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¿Dónde estaba escrito que no se podía cantar por fandangos?

Con el fandango me pasó lo mismo que con las vereas; las leyes decían que las cabras podían entrar y la guardia civil y los terratenientes decían que estaba prohibido.

Cuando Pulpón me avisó para los primeros grandes festivales, lo primero que me dijo es que allí no se podía cantar por fandangos. Bueno, pues si no entraba el fandango en los festivales no entraba yo. Intentó convencerme diciendo que todos los cantaores aceptaban esas normas y que eran festivales muy serios… ¡Como si el fandango fuera un chiste! Y digo que me pasó con el fandango como con las vereas porque ¿Dónde estaba escrito que no se podía cantar por fandangos?

Yo no sé el motivo de esa marginación cuando ya, en esa época, casi tos los grandes maestros habían grabao fandangos hermosos como cerros y, además, es un cante básico y patrón pa otros cantes… Y que nadie piense que es fácil, porque un fandango valiente del Alosno, o el de Juan María Blanco cuadraos y por derecho, son tan difíciles de resolver como un buen tercio de seguiriya… y sin embargo, el gran Paco Toronjo no entraba en los festivales; vivía de los tablaos y de cuatro fiestas. Él, que ha sido quien mejor ha hecho los cantes de su tierra de tos los tiempos…

La cosa estaba en entrar en esos festivales de solera renegando del fandango o ir en pos de la razón, que la tenía el fandango. Al ver que lo mío era un no rotundo, Pulpón,[i] me dijo que en los contratos que había firmado no ponía nada sobre eso; que fuera y cantara lo que me diera la gana y a ver qué pasaba. Debía de ser muy importante eso pa ellos porque, en varios festivales, los de la organización me lo advertían antes de cantar y yo, callao y luego, en la silla, donde yo mandaba, hacía varias tandas de fandangos y el público quería más… o sea, que esos aficionaos habían estao privaos de escuchar un cante que les gustaba porque a los que tenían la sartén por el mango les daba la gana. ¡Qué manera de ponerle trabas al sentir de gente!

PACO TORONJO: NADIE HA CANTAO MEJOR LOS CANTES DE SU TIERRA

En algunos festivales el veto fue descarao y hasta de por vida, pero la mayoría me siguieron llevando porque la reacción de los que llenaban los recintos mandaba. Siempre, todo lo que he podido hacer en el cante, ha sido gracias al público y no he sido yo el que impuso el fandango en los festivales, como se ha escrito, fuimos muchos; yo que me puse en contra de los organizadores y los aficionados que se pusieron de mi parte.

Así fue cómo empezó a sonar el cante por fandangos en esos festivales, rompiendo las sogas que lo sujetaban y salió con la fuerza del que ha estao revolcándose en la impotencia, amarrao. Poco a poco, al ver que la gente tenía sed de fandangos y que yo seguía ahí, se decidieron otros cantaores y, al poco tiempo, raro era el que no cantaba por fandangos en esos festivales “tan serios”.

Aquellos gerifaltes del flamenco me aceptaron pero no me perdonaron la desobediencia y me colgaron sus etiquetas: fandanguero, polémico, político, va disfrazao, un bestiajo, un rebelde… Las etiquetas son eso que dice de ti uno con mando, que parece que sabe, delante de otro con un micrófono o un bolígrafo y luego lo ves repetido, a lo largo de tu carrera, setecientas mil millones de veces pares.

La etiqueta fandanguero cuajó; todavía hay mucha gente, no los aficionados, que se creen que yo sólo canto por fandangos. Polémico…unas veces he llevao razón y otras no pero, la etiqueta de político debe de ser de otra gabardina: yo, con los políticos en el poder, los que reparten, nunca me he tratao, ni fotografiao, ni han venido a mis conciertos, ni he ido a sus conmemoraciones, aunque me invitaran. Que voy disfrazado… ¡Disfrazao iría yo si me pusiera, pa cantar, un traje y una corbata! Me visto como siempre se ha hecho en el campo. En lo de bestiajo, tendrán razón, soy más basto que un serón y muy torpe: llevo cientos de viajes y conciertos en el lomo y no sabría desenvolverme sin alguien al lado. ¡No sé ni el número de teléfono de mi casa! Digo yo que por esas cosas dirán lo de bestiajo y aciertan.

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Segundo por la izda. El Cabrero con su madre, dos de sus hermanos y vecinos

Rebelde, lo reconozco que nací así y desde niño me he rebelao contra lo que me parecía injusto: Tendría unos 8 años y me mandó mi madre a casa de uno que le decían Bigotes que, al sol puesto, vendía pan y pescao frito. Las mujeres andaban rozando monte y, al dar de mano, muchas iban allí a llevarse la cena y estaba siempre aquello mu concurrío y todas venían con prisa. Cuando llegó mi turno le grité: “¡Dame un kilo pan!” y el tío hizo que no me oyó, siguió despachándolas a ellas y yo venga a pedirle el pan a gritos. Al rato largo, cuando las atendió a todas, me miró y me dijo: Tú ¿Qué querías? Y, cuando me dio la telera, se la tiré a la cabeza; era mi forma de defenderme contra lo que, pa mí, era una injusticia. Cuando llegué a casa, sin el pan, y Bigotes detrás diciendo que yo era un criminal, me dieron una paliza. O sea, que desde niño me rebelaba y desde niño sé que eso tiene un precio. De todas las etiquetas que me han puesto, creo que ésa es la que mejor me pega.


[i] Antonio Pulpón era el manager de todos los flamencos de la época

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de | 19/01/2012 · 13:21

“Debo de ser muy buena presa, cuando tengo tantas escopetas apuntándome” (1977)

El año 77 trajo el nacimiento de Amanda, el tercer disco, nuevos problemas con los terratenientes, los primeros festivales y una grave enfermedad de José que le pudo costar la vida.

Llevaba todo el día con un comportamiento extraño: tenía fiebre, le dolía la cabeza y se mudaba, cada dos por tres, de nuestra cama a la de los niños. Pronto comenzó a decir frases incoherentes y avisé al médico que se temió una meningitis y lo mandó al Hospital Virgen Macarena.

Lo tuvieron en observación día y medio, amarrado porque se tiraba de la cama. Le hicieron fondo de ojos, comprobaron la elasticidad de la nuca, análisis, radiografías… Al atardecer, me convoca la Doctora Capilla, en Psiquiatría y me dice, tan fresca, que lo que tiene José es delirium tremens. “Doctora, este hombre sólo bebe habitualmente agua o refrescos y de vez en cuando, una cerveza, o un vino”. Y ella, erre que erre, que los hombres, por detrás de una… la convencí: era imposible porque José, cuando no cantaba, estaba siempre conmigo o en el campo y sólo llevaba agua.

Una interminable espera y me recibe, de nuevo, muy seria: “Cierto, Señora, no era delirium tremens, pero lo siento porque, lo que su marido tiene, es esquizofrenia… Debe de ser usted muy prudente y que él nunca note que usted o sus hijos le tienen miedo… y, sobre todo, vigile que nunca abandone el tratamiento que le vamos a prescribir.” Y el mundo se hundió.

Lo ingresaron en la planta de Psiquiatría y no estaba permitido a los familiares quedarse en esas habitaciones así que me dispuse a pasar una de las peores noches de mi vida, sola, en aquella sala de espera. Pero había leído en alguna parte que la esquizofrenia presentaba una serie de síntomas que jamás había observado en José. Solicité llevármelo a la clínica de pago Sagrado Corazón, a dos minutos del hospital, pero al no estar casados, no tenía derecho a hacerlo. Como un rayo, llamé a un hermano de Paco Díaz Velázquez, que era jefe de planta en ese hospital, y me dijo que no lo moviera de allí y que, mientras él llegaba, pidiera, de su parte, que lo fuera examinando de toda urgencia un médico internista .

Era meningitis. Lo mudaron a la planta de medicina interna y a los pocos minutos vino a disculparse la psiquiatra, muy afectada y nerviosa:“le ha salvado usted la vida; si se hubiera quedado toda la noche sedado y sin la adecuada medicación, la evolución de la enfermedad hubiera sido desastrosa”.

Al día siguiente, tras la visita del equipo médico, me informaron que José estaba atravesando horas cruciales, que fuera a casa a ver a los niños y descansara algo para volver con más serenidad y fuerza. Nunca olvidaré aquellas horas. Pasé un rato con los niños, que se quedaban con las vecinas, y regresé al hospital a esperar. Los antibióticos hicieron un efecto fulminante y a los dos días me dijeron que ya estaba fuera de peligro y, salvo contratiempo, seguiría ingresado allí sólo una semana.

Al enterarse, por el equipo médico, del trance por el que acababa de pasar y recomendarle que durmiera mucho y tranquilo de estar fuera de peligro les respondió: “No quiero ni dormir pa no perder tiempo, de las ganas que tengo de vivir”. Mejoró rápidamente y una mañana, volviendo de desayunar, vi al fondo del pasillo un buen puñado de gente; enfermos y personal del hospital delante de una puerta, mirando hacia dentro, y me asusté cuando advertí que era la habitación de José. Hasta que me acerqué un poco más y pude oír su voz: les estaba cantando Volver, un viejo tango de Gardel.

Se recuperó rápidamente en casa y varias semanas después ya salía con las cabras y, de nuevo, tenía problemas en las Vías Pecuarias. Un par de juicios que se resolvieron, como el anterior, a nuestro favor pero le acarrearon el odio de algunos pelentrines que, como los terratenientes, usurpaban las vereas colindantes a sus tierras. Y la Guardia civil arrimando candela y denunciándolo por pastoreo en fincas privadas, a sabiendas de que se trataba de terrenos de titularidad pública. 

Nadie más que él reivindicaba las vereas y era una lucha desigual; ellos tenían medios y la connivencia de la benemérita y nuestra economía no soportaba tanta factura de abogado y procurador, no podíamos seguir así y se iba a convertir en la tablilla del coto : “No me pidas que reniegue de la razón. ¿Son públicas o no las vereas? Ahí voy a estar, en las vereas, porque me asiste la razón y si me convierto en la tablilla del coto será porque sólo las reses que se escapan enfadan al cazaor… y debo de ser mu buena presa, cuando tengo tantas escopetas apuntándome”

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de | 16/01/2012 · 17:29

¡El miedo ha hecho del hombre un bastón! (1977)

La reciente Matanza de Atocha, perpetrada por aquellos miserables fascistas de la Alianza Apostólica Anticomunista, había atemorizado a Pepe Carrasco y, de las letras que nos presentó para el tercer disco, José sólo seleccionó unas cuantas. “¡Me tienes que hacer cosas que hablen de lo que siento y éstas no dicen na…”  Carrasco confesó que tenía otras pero que eran tiempos  difíciles y  había que andarse con cuidado, que ya habría lugar… Ahora, al revisar mi diario, recuerdo la expresión de José cuando le respondió; la mirada no dejaba lugar a dudas y la contestación menos aún: “Pues a mí, estas cosas, me ponen todavía más rebelde y con más ganas de cantar contra estos criminales… ¡El miedo ha hecho del hombre un bastón!” Carrasco se echó a reír y sacó, de una carpeta que siempre llevaba consigo, un abanico de páginas: “¡Aquí tienes:  sabía que me ibas a decir eso!”

Nosotros ya teníamos algunas letras y, con esos mimbres hicimos la canasta. No hace mucho, viendo en los informativos a la gente buscando comida en los contenedores, José recordó una de las letras de este disco… ”Locura, tengo una pena mu grande, que se convierte en locura, veo este pueblo, que es mi sangre, rebuscando en la basura, porque se muere de hambre” Quién iba a decirnos, después de tantos años, que la avaricia y crueldad de los especuladores y la bajada de pantalones del gobierno pondrían este fandango de  actualidad.

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Portada de “Tierras duras” (1977)

En la selección de letras hecha por José encontré muy definida su personalidad y una unidad en la intención, el estilo y el tono que no había en primeros discos y lo quería poner en evidencia, también, en la carpeta. Días atrás, nuestro recordado amigo, Paco Millán, aficionado al cine y la fotografía y periodista de oficio, se había ofrecido a hacer el reportaje y el texto de presentación y no lo dudé: fui a verlo y prescindimos de los fotógrafos de la Bélter (Que eran buenísimos, pero no se trataba de eso)
Se hizo una carpeta doble para el LP y, en su interior, a dos páginas, recuadros con más fotografías, todas tomadas en los lugares donde José habitualmente iba con las cabras, y bajo cada una, fragmentos de los textos del disco. La guitarra, como en el anterior, era de Eduardo de La Malena.
 En 1977 se volvió a presentar al Concurso Nacional de Córdoba e hizo una soleá, con tercios de Manolito el de María, de mucha calidad y todos dieron por hecho que el premio, por ese estilo, era para él.

Carrasco me llamó de madrugada, desde un bar: “Ha hecho la soleá de Manolito de María de durse, pa comérselo, el premio es pa él, seguro”. Y hubo gritos de protesta en el Gran Teatro cuando anunciaron que el premio por soleá quedaba desierto, solución salomónica al no haber puntuado nadie por encima de José. Más tarde se supo que algunos miembros del jurado se sintieron ofendidos porque José llevaba las botas con restos de barro (para ellos, sucias) y, sobre todo, porque antes de cantar había saludado al público pero no a ellos, al Jurado.

“…Buena gente, peculiar y sincero, tropezó en el Concurso de Córdoba con quienes no disimularon su sorpresa – y desconocimiento – por su atuendo de cabrero. Y le quitaron toda posibilidad: fui testigo y en minoría en aquel jurado del rechazo” (Nueva Andalucía, Paco Millán).

De regreso a Sevilla, al bajar del tren, se encontró con Luis Caballero que iba a la Peña El Sombrero, en Triana, donde estaría también Mairena. Lo invitó y José le cantó, al maestro, por Soleá de Alcalá y éste le dijo: “ Hoy, de los jóvenes, pocos suenan como tú, por Soleá. Tienes tres cosas fundamentales: y se llevó la mano a la cabeza, a la garganta y al corazón. Se lo conté, por la mañana, a Paco Vallecillo y me dijo: “Elena, a El Cabrero, le ha dado Mairena anoche el premio que negaron en Córdoba”

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A esta tierra que es mi mare (El Cabrero 1976)

Al poco tiempo de publicar “Así canta El Cabrero” la Bélter le pidió un segundo disco y lo querían “cuanto antes”. Se llamó “A esta tierra que es mi madre” y,  tras la deficiente coordinación del anterior, le dije a Carrasco que me encargaría del contenido y de la carpeta con la intención de plasmar, con más fuerza, su personalidad. Por entonces comenzamos a escribir algunos versos y ya en este disco hay tercios añadidos a las letras de Carrasco que fueron hechos por José, poca cosa.

Decidió hacerse acompañar por Eduardo de la Malena; hacía los toques de Niño Ricardo que, con Diego del Gastor y Manolo de Badajoz, eran sus guitarristas preferidos.

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Portada de la 1ª edición de “A esta tierra que es mi madre”

Con la voz más estirada y mejor técnica que en el primero, ese trabajo marcaría, tímidamente, las pautas por las que se iba a regir toda su discografía: predominio de los cantes básicos, con especial atención a las soleares, seguiriyas y fandangos; letras que podían ser autobiográficas, auténticas declaraciones de principios cantadas en cuatro versos, o descriptivas del paisaje y entorno; búsqueda de la sobriedad, tanto en el acompañamiento como en el cante y un sonido que dejaba mucho que desear y que sería una constante en todos los discos que hicimos con Bélter.

La única bambera de su discografía  (aunque en el vídeo  ponga soleá)

No era fácil dar con nosotros; Aznalcóllar está a 30 km de Sevilla,  no teníamos teléfono y, sobre todo, José pasaba los días en el campo y era muy difícil conseguir que rompiera con sus quehaceres diarios para hacer promoción. ¿Promoción qué es? No conocía el significado de la palabra y, cuando se lo expliqué, siguió sin parecerle importante alterar su ritmo diario. Aún así  la compañía se encargó de que sonara en las emisoras y salieron algunos artículos de prensa.

Manolo Barrios, en El Correo de Andalucía:Recia, brava, templada, la reciente grabación de José El Cabrero. Nos estremece por su verdad insobornable… El Cabrero es la elementalidad del alma pura, sin contaminaciones ni soplos de malos vientos. Es un niño, alto y fuerte, que canta sin querer entregarse a la confusión de un mundo deformado por odios, violencias y engaños”.

Francisco de la Brecha (Paco Vallecillo), en el diario Sur:  “… dice cantes muy en su sazón, en toda la sazón que puede exigirse a una figura incipiente, en formación… En resumen: el interés de la grabación radica, aparte la curiosidad que su intérprete pueda inspirar, en la localización de un nuevo valor flamenco con muchas posibilidades de adquirir de inmediato una apreciable y creciente cotización en un mercado tan poco fluido… Para apuntalar esas posibilidades, el aznalcollense cuenta con algo muy importante: una voz flamenca, sana y fuerte, que sabe dolerse y rasgarse. De cómo sepa administrarla dependerá mucho su definitiva clasificación en la bolsa de la flamenquería activa y profesional”.

Pierre Coullery, en La Suisse: “Es hermoso, inquietante; no es bonito ni encantador. Perturba, hiere, duele ese cante. De él surgen fuentes inagotables de poesía, torrentes imposibles de encauzar. Este andaluz, que vive en el pasado, después de viajar por esos mundos ha vuelto, sabiamente, a sus cabras. Sus quejíos y sus silencios indisponen al confort, rompen los convencionalismos y pasan de las modas, porque El Cabrero grita su verdad. Entre los jóvenes, es uno de los irreductibles que quieren salvaguardar ese canto conmovedor, el auténtico flamenco. Cierren los ojos y déjense seducir: El Cabrero canta y la noche de estremece”.

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A los flamencos nos gusta mucho mitificar a la gente pero para mí aquello era una humillación El Cabrero (1975)

Ese invierno del 74 me di cuenta de que era imposible mantener la casa sólo con lo que dejaban las cabras ¡y eso que yo les echaba todas las horas que hiciera falta! Elena estaba embarazada y me daba vergüenza tener que pedir fiao el dinero pa que la viera el médico así que decidí bajar a buscar trabajo en Sevilla. Los de la Trocha y Los Romeros de La Puebla siempre estaban dispuestos a echarme una mano y Paco Lira también pero en La Cuadra se cantaba más por afición que por buscarse la vida.

En la Venta Vega y en el Morapio de vez en cuando entraba algún señorito a que otros le cantáramos nuestras penas mientras él se divertía y eso era denigrante pero en casa no había nada y cuando volvía, por la mañana, con cuarenta duros ya me daba por satisfecho. Pero eso de esperar, como una mujer de la calle, a que venga un cliente con ganas de juerga no iba conmigo, me sentía indigno y pienso que ése no es el ambiente que requiere el cante jondo. Y tuve más de un tropiezo por lo mismo.

Una vez, en El Morapio, tres tipos me tuvieron cantando toda la noche y, al terminar, uno me metió veinte duros en el bolsillo de la camisa que, menos mal que me dio por mirarlo, porque ya se iban. Le dije que eso de meter el dinero en el bolsillo no eran maneras y que el precio a mí trabajo lo ponía yo: que aquello valía, pa mí y pal guitarrista Antonio Sanlúcar, mil quinientas pesetas. Tuvo la poca vergüenza de decirme que allí se había comido y bebido… Yo no había comido nada y, en toda la noche, sólo me había tomao una copa de coñac y ésa, la había pagao yo… que me diera el dinero y tan amigos.

Cuando el viejo Sanlúcar vio que el tío se ponía farruco y que yo me iba pa él, me dijo que se le había nublao la vista. Luego, cuando el otro me dio las mil quinientas pesetas y las repartí con él, se le salían los ojos de las órbitas. Desde ese día, cuando entraba en la venta, los artistas me decían: “Ahí viene el que se lo lleva to” y me lo decían con admiración… A los flamencos nos gusta mucho mitificar a la gente pero para mí aquello era una humillación.

Fandangos con letra de Carrasco de mi primer disco Así canta El Cabrero

Unas mañanas, si tenía dinero, pillaba el primer coche viajero pal pueblo, y otras me iba en autostop y tal como llegaba me ponía a ordeñar, comía y dormía un rato y sacaba las cabras hasta el sol puesto y vuelta a Sevilla. ¡Aquello no había quien lo aguantara! Elena me pidió que no fuera más y al poco tiempo lo dejé. Lo único bueno que recuerdo de esas ventas fue el encontrarme con algunos artistas que luego no vi en los festivales: El Gordito, Fregenal, Niño Arahal, El Rubio de Alcalá… pero sigo diciendo que las ventas eran un lugar indigno para el flamenco.

A finales de diciembre me vino a ver mi primo, Manolito El Tasca, con Pepe Carrasco. Eran muy amigos y los dos muy flamencos, bohemios y buenas personas. El Tasca tenía entonces una tabernita en la Plaza de Curtidores y ponía siempre  muy buen cante en un pick-up  que había al fondo del mostrador: Chocolate, Tomás,Terremoto, Fernanda, Juan Talega, Caracol, el Pinto, Carbonerillo… esos eran sus favoritos. Allí paraban artistas conocidos y también maletillas del arte y, el que llegara con cara de esmallao, comía. Yo no me cansaba de escuchar la seguiriya esa de Chocolate “Al cautivo” y le pedía que me la pusiera sin parar y él encantao porque era de Chocolate a morir… Un día me dijo que en su familia había cabreros y me preguntó de dónde era y yo le pregunté a él y resulta que éramos primos segundos por parte de mi padre y de su madre.

Carrasco también tenía un bar, en los Pajaritos, y allí sí que había la mejor colección de grabaciones que yo he visto, muchas todavía en pizarra, y por eso me quedaba muchas veces en su casa, pa emborracharme de cante.  Pepe era una especie de asesor de la Bélter para el  flamenco y escribía letras a  cantaores ya conocidos entonces como Camarón, Chocolate,  Turronero… bueno, a casi todos, y era muy popular entre los artistas. Me propuso hacer un disco y acepté a cambio de que la Bélter pagara todos los gastos de clínica y médico para Elena, que iba a dar a luz a los pocos meses. Y así se hizo la cosa: ellos pagaron lo que costó el nacimiento de nuestro primer hijo, Joselito, y yo grabé “Así canta El Cabrero”.

Yo no conocía más guitarra que la de Joaquín el de Quejío, Manolo de Córdoba,  y Antonio Sanlúcar que me tocaba en El Morapio ya estaba mayor. Pero en el Festival de Mairena había escuchao al Poeta, tocaba fuerte y flamenco y pensé que pa mi cante iría bien. Fuimos a Barcelona sin haber ensayao ni un cante y algunas letras de Carrasco me las aprendí a última hora, en el hotel, y el disco lo hicimos en tres días. Luego El Poeta me comentó que había hablao con Fosforito de que iba a grabar un disco, sin ensayar, con un tal Cabrero y Antonio le había dicho: “no te preocupes, lo he escuchado y ése hace el disco”… Me escucharía en el Concurso de Córdoba porque con él no coincidí hasta más adelante, en los festivales.

Por aquel entonces ni Elena ni yo pensábamos en hacer letras; ella escribía mucho pero en un diario que parecía el Quijote, de grande, y anotaba todo lo que sucedía y cosas que yo le contaba de mi vida pero letras ninguna. La soleá apolá y la malagueña eran letras populares, la bulería por soleá de Andrés Ruiz, martinete con letras de Quejío y el resto, taranto, seguiriya y  fandangos, de Carrasco. Lo traía loco porque la mayoría de las letras que me proponía se las echaba pa atrás; yo le pedía que hablaran del campo y que dieran salida a esa rebeldía que llevo dentro desde que nací y lo hizo y cada vez mejor, más ajustao a mi forma de pensar a medida que me iba conociendo.  Ahí en ese primer disco hay ya atisbos de lo que me gustaba, como esa letra “Viejo y le faltan las fuerzas, a ese hombre no hay quien lo mire a la cara, porque es viejo y le faltan las fuerzas, después del producto dao, pa ese hombre no hay clemencia, ¡tanto cómo ha trabajao!” Carrasco fue un gran amigo, uno de los mejores letristas de flamenco y alguien muy importante en mi carrera.

El disco “Así canta El Cabrero” salió en otoño y, el mismo día de la muerte de Franco,en los informativos de la tele nacional se habló del disco y salí cantando por seguiriya “Le corten la lengua”. Ahora lo escucho y veo que, en algunos momentos, iba muy a mi aire con la guitarra y tampoco me peleaba con los cantes como lo hace uno cuando ya va cogiendo confianza en sus facultades. Pero está hecho con  respeto y  afición.

Me hicieron algunas entrevistas de promoción y ni en una de las respuestas pusieron lo que yo dije. Aquí vamos a poner el primer artículo que salió, con una foto que tengo cara de asustao.  Dicen que cuido cabras “cuando lo necesito para mi equilibrio sentimental y que estoy más en el pueblo que en el campo” o sea, todo lo contrario de la realidad…

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de | 12/01/2012 · 17:43

Las vías pecuarias (El Cabrero 1974)

Me extrañó verlo llegar antes del sol puesto y no traía expresión feliz. El encargado del cortijo del Prado había llamado a la guardia civil y lo acababan de denunciar en una vía pecuaria: “Las vereas, se las han comido con los sembraos, pero no se han perdido: ésa viene desde el término de Escacena y hay otras pero las han arao y yo creo que todavía existen, que son públicas. A ver si tú te informas…” Me hice de copias de la ley de Vías Pecuarias, del catastro y de un documento que describía cada una de las vías del término con sus dimensiones y lindes. En efecto:  José había sido denunciado en El Cordel de Escacena y Niebla, que era de titularidad pública, a instancias de un propietario que usurpaba y sembraba ilegalmente esos terrenos y que, por tanto, debería de ser el denunciado.

Busqué un abogado y me extrañó que no supiera nada de las Vías Pecuarias. Le entregué la documentación que tenía, fuimos a juicio y absolvieron a José, sin gastos. Rápidamente le referí al sargento de la guardia civil el fallo del juez para que no se repitiera la situación. Pese a la sentencia absolutoria, los demás cabreros se mantuvieron neutrales: se escudaban en que los administradores de los cortijos decían que las vereas eran de propiedad del Estado pero que ellos tenían permiso para ararlas y sembrarlas. No era verdad: el dictador nunca autorizó la ocupación de las vías pecuarias, entre otras cosas, porque las contemplaba la cartografía del ejército como vías alternativas de evacuación (y puede que siga siendo así).

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El Cabrero a mediados de los 70

En verano, con la siega de los primeros trigos, las cabras del pueblo bajaban a los rastrojos y sesteaban allí, día y noche en el campo, en improvisados corrales de cancelillas, o sueltas. “Allí están mejor: tienen la comida cerca y me las tengo que llevar” Pedro El Polonio nos prestaría su mula, ya aparejada, y yo me llevaría la comida, el agua y las cántaras a unos 15 km y haría el recorrido inverso cada amanecer con las cántaras llenas de leche.

El hato lo tenían rozando el término de Sanlucar la Mayor, ni un solo árbol y con temperaturas de 40º: “estos granujas han arrancao tos los árboles y no han dejao ni una encina pa que el tractorista pueda comerse el bocadillo a la sombra” Calor de día y frío intenso de noche en aquellos rastrojos: “La tierra de noche suda el peso del sol, por eso es un frío tan húmedo que te cala los huesos”, decía José y, escuchándolo, me parecía estar viviendo pasajes de una historia inventada por Jean Giono.

Como las cabras no tenían redil, dormíamos a pie de ellas sobre camas de pasto y, antes del amanecer, comenzaban a ordeñar. Primero las mansas y luego esas que no se dejaban coger, que eran todas de los otros dos cabreros porque, las de José le obedecían al silbido. Era un espectáculo: cada uno por un extremo de la soga, corriendo y dando voces como poseídos hasta atraparlas, unas veces con la mano y otras con la empuñadura del bastón, una a una, por los cuernos o por las patas traseras,

En casa, ese invierno nos hicimos de un transistor, viejo, amarrado con una guita y escuchábamos  la Tertulia flamenca de Radio Sevilla y festivales en el programa de Miguel Acal: “¿No te das cuenta que no se canta por fandangos en los Festivales? Yo sería capaz de cantar ahí, en esos festivales pero, si alguna vez me metiera en eso, o entran los fandangos o no entro yo… (Y, en efecto, él fue quien “impondría”, a finales de los 70, el cante por fandangos en los festivales)

Sólo en raras ocasiones, y por obligación, bajamos a aquella Sevilla bulliciosa y en aparente buena convivencia con la dictadura, que fusilaba o agarrotaba rojos, mantenía en prisión a sus opositores, y que, muy a menudo, mostraba su despotismo también en lo cotidiano.

Una mañana, delante del cuartel de intendencia, hoy Casa de la Provincia, José me iba contando algo que nos provocaba carcajadas, cuando se nos acercó un sargento: “Ustedes, ¿de qué se ríen?”. “Nos reíamos de algo gracioso que no tiene nada que ver con ustedes” “Bueno, pues menos risas y largo de aquí”. Sabía que las dictaduras eran necias, crueles, siniestras y tristes pero, en el poco tiempo que llevaba en España, no había percibido su efecto en la población, tanto, que no notaba grandes diferencias entre la vida cotidiana en Sevilla y la de cualquier ciudad del sur de Italia y se lo dije a José: “Elena, no te equivoques, aquí parece que no pasa nada pero hacen con uno lo que quieren: no hace tanto que mataron a un hombre por la espalda por robar un saco de bellotas… ¡esto es el fascismo!”

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de | 11/01/2012 · 18:57

Abrazos y Salud!

Queridos amigos,

Cuando arrancamos con este blog pensábamos reflejar en él los 40 años de carrera profesional de El Cabrero con alguna necesaria y breve incursión en su vida privada. Pero, al comenzar a ordenar cronológicamente los recuerdos, caímos en la cuenta de que su trayectoria personal era tan atípica y densa como la profesional y que, además, era preciso vincular ambas para situar bien cada época y acontecimiento.

Dentro de unos minutos os propondré una nueva entrada correspondiente al año 1974 cuando, tras su intervención en el Concurso Nacional de Córdoba, El Cabrero da por zanjada su relación con el flamenco y comienza a reivindicar las Vías Pecuarias.

Abrazos y Salud

Elena

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de | 11/01/2012 · 18:44