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Y en eso… llegó Fidel

Ha muerto Fidel y pese a la certeza de que el tiempo se lo llevaría más temprano que tarde, he sentido esa punzada de dolor que sólo te da cuando se pierde a alguien muy querido y cercano. Fidel, el Che, Camilo, etc forman parte de mi vida desde que tengo seis o siete años porque en mi casa se vivió la Revolución Cubana desde que empezó a gestarse hasta que triunfó.

Mi abuelo materno, Antonio, emigró a Cuba cuando tenía 13 años, allá por 1870 y tantos. Allí aprendió el oficio de carpintero y se casó con una cubana de ascendencia asturiana que murió cuando la hija de ambos, mi tía Blanca, tenía diecinueve años. A mi abuelo le costaba superar aquello, decidió volver a  Galicia y su hija abandonó su amada Cuba por acompañarlo y se instalaron en A Coruña. Construyó una vivienda de dos plantas frente al Océano; justo donde entran al puerto los barcos procedentes de América, y al mar iba siempre su primera mirada.

Pasado un tiempo, se unió a mi abuela, Elena, con quien tuvo cuatro hijos y que murió cuando mi madre, la mayor, tenía solo cinco años. Él trabajaba del amanecer hasta noche cerrada en su taller de carpintería y Blanca pasó de tener una vida confortable en Cuba a ver su juventud truncada, en una tierra que nunca adoptó, y a cargo de cuatro hermanos de muy corta edad. Más tarde nos criaría a mi y a mi hermana, la llamábamos abuela y durante mucho tiempo pensé que lo era realmente.

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Hoy la recuerdo con emoción porque ella fue quien me hizo sentir cariño y respeto, desde la infancia, hacia la revolución cubana. Algún día contaré su historia. Hoy, sólo una anécdota que la retrata bien. Blanca había estudiado magisterio en Cuba y puso una escuelita en casa, en la habitación que nos servía de zona común, con bancos de madera que se retiraban cuando se iban la docena de alumnos de edades diversas pero casi todos de primaria. Venían desde barrios distantes, la mayoría, porque era la única “escuela” en la ciudad donde no se enseñaba el catecismo ni se rezaba. Un buen día, compartiendo yo banquito con sus alumnos, se encajó allí el párroco, un tal padre Carballo y le dio un ultimatum: Era la enésima vez que le decía que, o enseñaba el catecismo o le cerraban la escuela, y éste era el último aviso. Dejó que le cerraran la escuela y se fue a fregar suelos y luego de limpiadora en una especie de geriátrico, pero no enseñó algo en lo que no creía.

Blanca creía en la revolución que se gestaba en su tierra porque tenía aún muy presente y cercano el panorama social que dejó cuando se fue de Cuba. En casa se vivió esa revolución como si estuviera sucediéndonos a nosotros. No sé cómo se las apañaba pero recibía muy a menudo paquetes, cartas, prensa e información de lo que se gestaba en Sierra Maestra y lo comentaba con mi abuelo. Yo creo que sus contactos eran marinos de los que paraban en la tabernita que había en la planta baja de casa. Ella nunca lo reveló.

Y en eso llegó Fidel (Carlos Puebla)

Hoy, tras el primer momento de profunda tristeza, me fui a escuchar a Carlos Puebla, “Y en eso llegó Fidel” y recordé lo que mi abuela Blanca decía una y otra vez mientras los barbudos luchaban desde la sierra: que los yankees eran los dueños de todo, que la gente humilde pasaba enormes temporadas sin trabajo, que les pagaban precios de esclavos segando caña, que las ciudades se habían convertido en “garito” de los norteamericanos, que la población era analfabeta, que los pobres se morían por falta de medios para curarse… Todo y más de lo que Puebla dice en su canción.

Por eso admiro y quiero tanto a Fidel desde muy niña. No todo lo que hizo lo comparto pero la inclinación de la balanza da vértigo entre lo que era la Cuba donde nació, se crió y vivió mi abuela Blanca y la Cuba que Fidel, con otros grandes revolucionarios y el gran pueblo cubano han construido a pesar del criminal bloqueo de los EEUU.

Blanca decía que ella había podido estudiar magisterio porque con los ingresos de mi abuelo en su taller de carpintero ebanista, eran clase media-alta  y aseguraba que, tras la revolución, cualquier hijo de jornalero podría estudiar una carrera y ningún pobre se moriría por falta de asistencia médica. Y así fue. ¡Viva por siempre Fidel y la Revolución Cubana!

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Productores independientes, esos héroes!

Ser manager de una gran figura del Flamenco es relativamente cómodo y gratificante. Es la música patria más exportable, goza de un amplio circuito dentro del Estado, sus representantes más destacados cuentan con apoyo institucional que se traduce en subvenciones a las producciones y giras o su inclusión, casi por norma, en todos los grandes eventos que se programan con fondos públicos, y que son ampliamente difundidos por los grandes medios de comunicación. No se puede pedir más: es terreno abonado y, si tienes un top flamenco, sólo te queda gestionar agenda y producir bien los conciertos. Salvo que esa gran figura sea un maldito como El Cabrero. Entonces los pros se te vuelven contras, pero eso es otra historia.

Mi dedicación a El Cabrero, casi exclusiva desde los ochenta, me permitió conocer a fondo el territorio flamenco al tiempo que ignoraba cómo se movía cualquier otro circuito musical, sobre todo el rock y sus variantes. Nos sorprendió cuando los Reincidentes le pidieron que abriera, por tonás, uno de los temas de su disco. Más tarde, el grupo Marea versionó Como el viento de poniente, que El Cabrero había grabado por pregón por milongas y, poco a poco, le fueron llegando mensajes con piropos inusuales en el flamenco como ¡Eres el puto amo! ¡Brutal, lo tuyo mola!… que fueron in crescendo hasta hacerse habituales. Al mismo tiempo, entre el público, cada vez más camisetas de grupos de rock, punk, metal… señal inequívoca de las preferencias musicales de sus portadores. El Cabrero, siempre a lo suyo: cante jondo.

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El Cabrero y Rafael Rodríguez | Voces en resistencia Benalmádena Suena  (foto Antonio Somoza)

Entonces empezaron a llegar peticiones de salas privadas con programación fundamentalmente roquera que no podían asumir el caché más bajo en el que trabajábamos y se despedían, visiblemente entristecidos y decepcionados. Uno de ellos, el papi Alfredo, de Jimmy Jazz Gasteiz, insistió tanto que, aprovechando un concierto en el Sur Oeste de Francia, decidimos llevar allí Voces en resistencia, con Cabrero y nuestro hijo E.D. Zapata y su grupo que hacen poesía y rock andaluz. Inolvidable la experiencia: producción perfecta, sonido óptimo, trato amabilísimo – profesional y cercano – y público entusiasmado. Repetimos. Y luego hicimos el Zentral Pamplona con idéntico resultado.

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El Cabrero y Rafael Rodríguez | Voces en resistencia Zentral Pamplona (Foto Dani Fernández)

Al poco tiempo entraron en acción esos que, como las salas privadas, son promotores de la gran mayoría de los conciertos en este país: los productores independientes. Esos héroes que, o bien te compran el espectáculo y se la juegan, o vais a coproducción y también se la juegan, ellos y tú. Programan en salas, que también corren su parte de riesgo, y en recintos públicos. Estos últimos, salvo escasas excepciones, son los únicos que no arriesgan nada en términos económicos. Es al revés: algunos hasta cobran sumas abusivas por el alquiler en concepto de gastos. Y sin embargo, son estos productores independientes quienes les cubren los numerosos huecos de agenda que dejan las mermadas programaciones oficiales, ofreciendo un servicio cultural que correspondería a las instituciones responsables de los recintos de titularidad pública.

Esta forma de proceder crea una cadena de desigualdades perniciosa que repercute en las condiciones en que trabajan músicos, técnicos, road managers y productores y a veces en el precio de las entradas. El público no lo percibe pero las diferencias entre un concierto de programación oficial y otro a cargo de un productor independiente son flagrantes.

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El Cabrero y Rafael Rodríguez | Voces en resistencia en Jimmy Jazz Gasteiz (foto Dos por Dos)

 

Los espectáculos contratados por teatros o instituciones generalmente se facturan a precio de gira, los músicos cobran su caché habitual, se encuentran el recinto en orden de marcha y la publicidad corre a cargo de la sala. Los precios de entrada son en función de las políticas culturales locales; algunos conciertos se ofrecen incluso gratis.

Cuando el bolo lo produce un independiente, tiene a su cargo: impresión y pegada de carteles, publicidad en general, backline, productores de campo, catering, etc. Y… el alquiler de la sala (¡hay salas de titularidad pública, de 600 plazas que cobran 2.500€ en concepto de gastos! y paradójicamente, otras, privadas, que te las ceden gratis o en precios que rara vez superan los 500€). Luego, el productor tiene que contratar el/los grupos. Obviamente, cuando eres manager de un grupo y un independiente te propone un bolo, si te gusta trabajar con él y te apetece el concierto, ajustas al máximo el precio del espectáculo: sumas viajes, hoteles, dietas, cargas sociales, cachés o nóminas de los músicos, al mínimo, y le propones al colega un precio que le pueda dejar un beneficio digno por el curre que se está dando. El productor, en base a esto y al aforo, ajusta el precio de las entradas y sólo le queda esperar que no le peguen carteles sobre los suyos y que la sala se llene; huelga decir lo que sucede si no es así, obviamente, pierde el productor.

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Zapata, Manolo Sabugal, Rafael Rabal y el Pequeño Carlos | Voces en resistencia Gran Teatro de Huelva (foto Isabel Barrera)

Se me ocurrió hablar de esto porque ya estamos trabajando en la gira 2017 y, como en años anteriores, haremos la mayoría de los conciertos a caché en nuestro circuito habitual. Pero vamos a reservar el doble de fechas para las productoras independientes. Se lo comentaba ayer a una amiga, manager de altos vuelos y, extrañada, me preguntaba por qué lo hacía, teniendo un mito del flamenco en cartera.

Lo hago porque me gusta trabajar con ellos. La mayoría son músicos, en activo o ya reciclados, y no tienes que decirles lo que no funciona porque lo ven antes que tú. Pero, sobre todo, porque sienten verdadera pasión por la música en vivo; sólo así se puede entender que lo hagan tan bien, con tanto entusiasmo y en condiciones tan poco favorables.

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Zapata, Manolo Sabugal, Marco Gamero y El Pequeño Carlos | Voces en resistencia Sala Apolo Barcelona (foto Lucía Calatayud)

Por eso, sería de justicia que se le reconociera a los productores independientes su función social y cultural y se les facilitaran los recursos disponibles en los recintos de titularidad pública, sin coste alguno, además de ofrecerles algún apoyo económico complementario, como ya hacen algunos teatros. Sería una buena fórmula para incrementar la oferta cultural, a muy bajo coste para la Administración, y propiciar que productores, músicos y técnicos trabajen más y en condiciones viables y dignas.

Insisto en señalar que gran parte de los espectáculos programados en recintos de titularidad pública lo son gracias a los productores independientes y me atrevo a decir que, de no ser por ellos y las salas privadas, la oferta musical patria sería desoladora.

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De pesebres y pesebreros

En cuarenta años dedicada a la producción y distribución de música, he visto pesebreros de todos los colores y rangos que comparten factores: pocos escrúpulos, hipocresía elevada al cuadrado y “pelaje” de camaleón. El denominador común: la ambición.

El pesebrero suele pensar, opinar y creer ad hoc, según el interlocutor y, cuando las circunstancias lo obligan a disentir, se las apaña para dar una de cal y otra de arena. Se declare “apolítico”, de derechas de toda la vida, de centro, o de izquierda con carnet, siempre es políticamente correcto.

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JORDI SAVALL ha renunciado al Premio Nacional de Música en desacuerdo con la política cultural del gobierno. Chapeau!

El pesebrero – o aspirante – nunca se cierra puertas, no tiene enemigos profesionales ni políticos, es un tipo sociable, complaciente y astuto. No opina de política ni de temas sociales, salvo en los camerinos, “porque eso no tiene nada que ver con el arte”. No hay afrenta, injusticia o escándalo político, por repulsivo que sea, que merezca su reprobación pública y, si lo hace, impulsado por su militancia activa en algún partido, es maestro en nadar y guardar la ropa.

El pesebrero tiene necesidad vital del pesebre para trepar en la profesión porque, generalmente, su tirón popular es insignificante y más por su incapacidad de transmitir emociones al respetable que por falta de oportunidades. Pero, cuando el pesebrero alcanza notoriedad e influencia entre los que reparten el pienso, le crecen los alumnos, seguidores e incondicionales dispuestos a proclamarlo el más grande, adularlo hasta el empalago y denostar a sus rivales profesionales, a cambio de las sobras, de los granos que se caen al suelo.

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COLITA renuncia al Premio Nacional de Fotografía y le dice al ministro de cultura que no le apetece fotografiarse con él. Grande, Colita!

Ayer, hablando de dos grandes, el músico Jordi Savall y la fotógrafa Colita, que acaban de rechazar sendos Premios Nacionales en desacuerdo con la política cultural que está perpetrando el gobierno, me decía una amiga: “si la mayoría actuara así, otro gallo cantaría… pero es al revés, pocos le hacen asco a un premio nacional y 30.000 euros”.

Primero fue el pesebre, esa parte del presupuesto que sirve a los que gobiernan, y no se salva ninguno, para modelar las artes a su conveniencia, controlar el mensaje del creador o intérprete, manipular la realidad artística, servirse de personalidades destacadas de la cultura para su propaganda y condenar al ostracismo a los desobedientes.

Pesebre y pesebrero se necesitan como la mina al minero, y viceversa, y hay cola de aspirantes en lista de espera. Luego están los otros, los que no se postulan pero, si cae algo, no miran la mano que reparte. Y, finalmente, los menos, esos que son excepcionales en su profesión y, además de excelencia, poseen altura de miras, dignidad, coherencia, valentía y ejemplaridad para decir NO cuando les sale del alma.

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